Nunca me sentí tan avergonzado de lo que soy hasta que supe que tenía VIH, tanta vergüenza sentía que no quería ni tocar a mis hijos o mi esposa, cuando llegaba visita o íbamos a cumpleaños de mis padres, mis hermanos o cuñados, no quería besarlos ni abrazarlos, me aterraba la idea de estrecharles la mano, porque temía pasarles el VIH, empezaron a tildarme de anti social, la verdad prefería eso a decirles la verdad.
Ya no dormía con mi mujer, como era mecánico, decidí hacerme un espacio ahí, me excusa era que pasaría mas tiempo en el trabajo. Elegí el aislamiento. Decidí apartar el plato, la taza y los cubiertos que usaba, los lavaba con bastante empeño, incluso usaba lejía, no me importaba si me ardieron los dedos, sentía que era el justo castigo que me merecía por haberle sido infiel a mi esposa. Ella trato de hablar conmigo, trato de averiguar que pasaba conmigo pero yo la evitaba, la rechazaba, se que lloraba y sufría, pero no me importaba.
Hasta que un día que salí de casa, me fui a un bar, tome hasta emborracharme para olvidarme de mi pena, mi vergüenza y mi dolor, me fui a mi cuarto, llevé un pequeño banco, me subí y estaba dispuesto a atarme el cuello, en cable donde colgaba el foco, en eso alguien a mis pies me toco, me asuste un poco, era el menor de mis hijos, decidí bajarme, lo tome en brazos, lo abracé, él me dio un beso en la mejilla, lloré, había evitado todo contacto con mi familia, pensé que podía sobrevivir a eso, pero me olvide que ellos necesitaban ese contacto conmigo, mi esposa miro la escena, no pude evitar contarle, lloro conmigo me abrazo y me dijo que me apoyaría en lo que fuera necesario.
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